04 agosto 2005

No hay mal que por bien no venga.

Uno se levanta a las 6 am, dispuesto a abandonar Trinidad camino de Camagüey. Aseo personal, recogida de equipaje, desayuno y una última confirmación de que lleva todo lo importante. Pasaporte, cámara fotográfica, tarjetas y dinero, gafas de sol... No están. Tras una revisión intensiva de mochila, bolsillos y habitación, se confirma la desaparicíón del objeto. Ni idea de donde puede estar.

Para un miope, un tanto fotofóbico -como todos los miopes- y en el trópico, unas gafas de sol graduadas no son an absoluto un lujo. Además, al ser graduadas, no hay posibilidad ninguna de conseguir unas de sustitución en el viaje. Y menos en la Cuba central y oriental. Se jodió el invento.

Decido que la posibilidad de encontrar las gafas merece retrasar mi partida hacia Camagüey, así que me desplazo a la terminal de omnibus - central de autobuses - y cambio el billete sin problemas. A partir de ahí, proceso de búsqueda de las dichosas gafas por todos los establecimientos donde estuve la tarde de ayer - oficina de viajes, cremería, salón de internet... -, ofreciendo una recompensa de 30 CUC por su localización y explicando que son "de aumento" -graduadas- por lo que no sirven para otra persona. Nada. Tras un último e intensivo repaso a la casa y tras insertar un anuncio en Radio Trinidad - la cabra tira al monte -, no hay más que hacer. Decido retomar hoy las actividades que ayer no pude realizar: Buceo y curso de percusión.

Hoy la suerte está de mi parte. A través de la casa de Araceli, consigo contactar con Pedro, uno de los buzos particulares que llevan a turistas a realizar inmersiones en la zona comprendida entre La Boca y Punta María Aguilar. Es otra manera de bucear. Al cabo de una hora - 12 mediodía - me recoge en la casa un viejo Chevrolet con su chofer. Por 2 CUP por trayecto, me trae y me lleva al punto donde el buzo está ya trabajando con otros turistas. Un punto de la costa más allá de La Boca.

El buceo resulta ser una experiencia excepcional. Pedro es un profesional del buceo, serio y consecuente. Cuando le muestro mi titulación de instructor de buceo, se muestra encantado y me pide permiso para aprovechar el buceo para pescar con fusil. En condiciones normales no lo permitiría, pero en Cuba, donde cada cual se busca las habichuelas como puede, esta es una práctica habitual.
La inmersión resulta espectacular. Tras nadar completamente equipados unos 300 metros desde la costa, llegamos al punto donde la plataforma costera desaparece, pasando de los 10 a los 80 o 100 metros de profundidad. El veril rocoso es un lugar excepcional donde el buceador tiene la sensación de volar sobre el abismo, rodeado de corales, grandes esponjas y nubes de vida marina. Pargos, rabirrubias, peces limón, peces loro, medusas y otros muchos habitantes del mar, se dejan ver ante nuestros ojos. Excepcional.
La pesca se saldó con la captura de un inmenso cangrejo, una rabirrubia y un túnido. Pedro me quiso regalar una de las piezas de pescado. Por supuesto no acepté. Seguro que él sabrá como rentabilizarla.

Por la tarde, las cosas siguieron saliendo bien. Por fin pude concertar una clase de tumbadoras - o congas - con David López, maestro de percusión. A primera hora le dejé un recado en las ruinas del Teatro Brunei, donde suele dar sus clases, y me dejó un recado en la casa. Me esperaba a las 18 horas. La clase fue realmente intensa. En hora y media escasa, David fue capaz de hacer que aprendiera e interpretara con cierta soltura los movimientos y técnicas básicas de las tumbadoras. Una auténtica lástima no poder tomar más lecciones con él. Realmente es un exclelente maestro.

Un buen día el de hoy, sin duda. Aunque sigo deseando abandonar Trinidad rumbo al este. Aunque sea sin mis gafas de sol.