06 agosto 2005

Reencuentros en Santiago de Cuba

Ocho largas horas de viaje nocturno en un autobús de Viazul, son lo más parecido a un vuelo intercontinental. Eso sí, en Las Tunas, mereció la pena parar en un ranchón - algo así como restaurante o cafetería - para cenar un bisté de puerco con papas - filete de cerdo con patatas -. Mejor cena que en los aviones, no hay duda.

A mi llegada a la terminal de omnuibus de Santiago de Cuba a las dos de la madrugada, y tras evitar la nube de jineteros, buscavidas y taxistas que esperan al visitante en toda ciudad a su llegada, me encuentro un único carro - coche - aparcado a la puerta. Y junto a él a mi buen amigo Santiago Vallina y a su cuñado Richard, que me miran con ojos sorprendidos, mientras sostienen sendas cervezas Bucanero de lata. "Coño Juanca!"

Santiago y Richard llevan dos largas horas esperando a un tal Pablo, un presunto amigo mío al que les pedí que fueran a recoger a la terminal y lo alojaran bien en la casa de Santiago, bien en la casa de Richard. "Santiago, trátemelo bien. Este tipo es como si fuera mi hermano y no la está pasando bien en su viaje. Tiene que cuidármelo y espérelo con una cerveza que le gusta la tomadera", le dije a Santiago cuando lo llamé supuestamente desde España. En realidad le llamé desde Camagüey. Pretendía que mi llegada fuera una sorpresa.

Abrazos, tragos de Bucanero y a tomar otra que nos vamos para celebrar el reencuentro a una cafetería 24 horas cercana. Hay mucho que contar. Es el cumpleaños de Richard, "coño, vamos a celebrarlo con unas cervezas, comida, ron y refrescos". Pues nada, habrá que apuntarse a la fiesta. Me alojaré allí ya que Santiago tiene a unos holandeses alojados en su casa todavía. "Pero se van el domingo y ya te vienes para allá". "Coño Juanca, que yo le decía a Carmen que ibas a venir tú. Mira que lo pensé."

En momentos como este, recuerdo por qué he vuelto tantas veces a este país. Dejé muy buenos amigos aquí. Y sin duda Santiago, su familia y su gente, son de los mejores.

05 agosto 2005

De tomadera nocturna en Camagüey.

Si el día me pareció fascinante en Camagüey, pensé que la noche estaría a la altura. Así que hacia las 9 de la noche y tras comprobar que no había luz en la casa, salí a tomar -beber-. Mi incursión en la noche de la ciudad comenzó en la Plaza del Gallo, lugar más cercano a mi casa donde no hubo apagón. En la plaza hay un animado restaurante en el que podemos tomarnos una cerveza local Tínima por 10 pesos cubanos. Sirven platos sencillos de pasta y pizza. Todo en moneda nacional y por tanto frecuentado por cubanos.

Tras el tentempié, descubrí en la Plaza Agramonte, el anímadísimo bar El Cambio. Se trata de una casa de juego de la era pre-revolucionaria que se transformado hace una década en un bar de copas donde tomar cócteles, cervezas o refrescos pagando en divisa. Es un lugar frecuentado tanto por cubanos como por extranjeros. El ambiente es realmente agradable y acogedor. Allí conocí a Adelino, un simpático y saleroso viejito cubano que trabaja en el local. Es un tipo realmente agradable, gran conocedor su ciudad, que me contó algunas cosas muy interesantes sobre la misma. Fue realmente interesante conocerle. A él ya todo el resto de la parroquia habitual que hacen al visitante sentirse realmente integrado a los pocos minutos. Un lugar encantador El Cambio.

En el mismo parque Agramonte se encuentra la Casa de la Trova, que presume de ser la más grande de toda Cuba. Decido no entrar ya que el recinto cobra 3 CUC, lo que indica que dificilmente estará frecuentado por cubanos. En su lugar, me acerco al cercano patio de La Bolanda, también en la el parque Agramonte. El local ofrece en un oscuro patio un sencillo espectáculo de cabaret con dos bailarines, dos cantantes y un mago. Eso sí, el local cobra en moneda nacional y por tanto está frecuentado mayoritariamente por público local. Por 20 pesos cubanos por pareja, se accede al recinto. Y la pareja es obligatoria, así que vuelvo a El Cambio donde conocí a una enfermera del hospital oncológico de Camagüey, amiga de Adelino. La invito a ir al local, acepta enseguida y para allá que nos vamos. Curiosa pareja.

La noche acaba comiendo un refrito y seco filete de pescado hacia las tres de la madrugada en el DiMare, un establecimiento especializado en pescados que abre 24 horas y que tiene presencia en las principales ciudades cubanas. Los comensales, Marisol - la enfermera -, uno de los bicitaxis que conocí en el bar El Cambio y el narrador de esta historia. Otro bicitaxi nos cuenta que sigue el apagón en la zona de la calle Popular, así que no hay prisa por volver a la casa. La noche es joven.

El embrujo de Camagüey

Camagüey - 300.000 habitantes - ofrece al visitante desde el primer momento una sensación de prosperidad. Es una ciudad de amplias avenidas, grandes parques y jardines y edificios normalmente bien conservados. No en vano, esta fue una de las ciudades más prósperas de Cuba antes del triunfo de la revolución. Hoy es una ciudad que acoge muy poco turismo y la mayoría de este turismo viene de paso desde o hacia Santiago. Nada que ver con Trinidad.

Tras llegar a la terminal de omnibus, tuve que negociar el precio con uno de los numerosos bicitaxis para que me llevara hasta la céntrica casa de Alba Ferraz - Ramón Guerrero 106 / Popular 106 -, que alquila dos habitaciones a los turistas. Fueron 2 CUC por la carrera de unos 3 kilómetros, con cuestas incluidas. Pensé que el chaval iba a desmayarse del esfuerzo así que dupliqué la cifra a la llegada.
La casa de Alba resultó ser una bellísima mansión colonial situada en pleno centro histórico de la ciudad, con un gran patio central interior. La señora tenía sus dos habitaciones ocupadas - el estado no permite que una casa alquile más de dos -, pero tuvo la amabilidad de instalarme en casa de una vecina suya, también con licencia de arrendador. Esta es una práctica habitual, que a aveces - no es el caso - puede encarecer el precio de la habitación ya que el primer arrendador exige una comisión al segundo, que acaba pagando el turista.

Tras instalarme, salgo a la calle bajo el tórrido sol del mediodía. El centro histórico de Camagüey sigue sugiriendo prosperidad, pero las calles se transforman. El centro es un laberinto de calles más o menos estrechas y de plazoletas, que suelen despistar al visitante. En el siglo XVI se disenyo asi la ciudad, para tratar de despistar a los piratas en los múltiples ataques de aquella época.
Las plazas del Carmen, San Juan y del Gallo con sus respectivas iglesias restauradas con motivo de la visita de Juan Pablo II ; el parque Agramonte ; la bulliciosa Calle República, arteria principal de la localidad. Camagüey tiene muchos lugares que merecen una sosegada visita a pie.

Tras la vista por la ciudad, Camagüey me guarda todavía una agradable sorpresa, su Mercado Agropecuario Rio. Junto al rio Hatibonico - desgraciadamente sucio y abandonado -, encuentro el más animado mercado que ví en mis viajes por Cuba. Se trata de un gran recinto con cientos de puestos donde los vendedores tratan de atraer a los numerosos clientes con sus voces. Puestos de frutas y verduras donde encontramos guayabas, fruta bomba -papaya-, mangos, toronjas - algo así como pomelos- , limones, yuca, boniatos y un sinfín de productos del campo. Puestos de carniceros que venden ovejo -cordero-, puerco -cerdo- y casquería. Otros vendedores ofertan especias e incluso hierbas y frutos medicinales.

El mercado de Camagüey es una explosión de olores, sonidos y colores que me abrumó. Desgraciadamente, el tiempo amenaza a lluvia y la falta de luz no permite hacer fotografías, así que me prometo volver por la mañana para visitarlo con más detenimiento.

Tras la visita al mercado, Camagüey todavía tiene más que ofrecerme. Comienza a llover. Y con la fina lluvia, y las calles casi vacías, la ciudad ofrece un nuevo colorido y ritmo. Sin importarme el agua, recorro de nuevo las principales plazas y calles de la ciudad. Despacio, muy despacio. Fascinante. Más aún todavía cuando justo al anochecer, la luz se va de algunos barrios del centro de la ciudad por culpa de uno de los habituales apagones y esta queda totalmente a oscuras.

Son característicos de Camagüey unos grandes tinajones de barro que antaño se utilizaban para almacenar agua en épocas de sequía. Pueden verse algunos instalados en plazas y parques. Dice la leyenda que todo aquel que bebe agua de estos recipientes, queda atrapado por la ciudad, y ya no puede abandonarla nunca. Siento que algo así ha podido ocurrirme.

En este instante me arrepiento de haber comprado ya mi billete de autobús para partir mañana por la tarde hacia Santiago de Cuba. Me temo que me queda mucho por descubrir en esta ciudad.

Un alto en el camino: la villa azucarera de Florida.

El viaje en un autobús de Viazul hasta Camagüey no tiene grandes alicientes, salvo el intentar descansar. La empresa Viazul, pensada para los turistas, dispone de modernos autobuses con aire acondicionado y confortables. Las ventajas son la comodidad, tanto al viajar como al comprar los billetes ya que se venden en cualquier oficina de turismo estatal. Como inconveniente, el hecho de que solo viajen turistas, impide aprovechar los largos viajes para tener contacto con el pueblo cubano y hacer amistades.

El único momento destacable del viaje fue la visita relámpago que hice a la localidad de Florida, a unos 40 kilómetros de mi destino, aprovechando una parada de 45 minutos que el autobús hace en el Hotel Florida para que los choferes almuercen. Tras comprometerme con el personal de la guagua a estar allí a la hora prevista de la salida, monté en un bicitaxi que encontré en la puerta trasera del hotel. En poco más de 40 minutos, el amigo Andrés Gómez - que así se llamaba el bicitaxi -, me llevó a dar un paseo por el centro de la ánimada población, me invitó a un café en la puerta de su casa, me llevó una guarapera - venden jugo de canya de azucar - y me acercó al Mercado Agropecuario para echar unas fotos. Todo un record que agradecí con el pago de 2 CUC por la carrera. Cinco veces más de lo que pagaría un cubano por el mismo trabajo.

La impresión que me llevé fue de Florida fue realmente grata. A excepción del Hotel Florida, que es lugar de pernoctación para viajeros de paso por estar situado en la misma Carretera Central que atraviesa toda Cuba, esta localidad azucarera, vive de espaldas al turismo. Eso se nota en sus animadas calles, donde las bicicletas, los caballos y el ir y venir de cubanos, le da un encanto especial.

Después de la parada en Florida, vuelta al autobús para completar los últimos 40 kilómetros necesarios para llegar a Camagüey, capital de la provincia del mismo nombre, y última escala de mi viaje hacia el este, antes de llegar a Santiago de Cuba, la capital del oriente cubano.

04 agosto 2005

No hay mal que por bien no venga.

Uno se levanta a las 6 am, dispuesto a abandonar Trinidad camino de Camagüey. Aseo personal, recogida de equipaje, desayuno y una última confirmación de que lleva todo lo importante. Pasaporte, cámara fotográfica, tarjetas y dinero, gafas de sol... No están. Tras una revisión intensiva de mochila, bolsillos y habitación, se confirma la desaparicíón del objeto. Ni idea de donde puede estar.

Para un miope, un tanto fotofóbico -como todos los miopes- y en el trópico, unas gafas de sol graduadas no son an absoluto un lujo. Además, al ser graduadas, no hay posibilidad ninguna de conseguir unas de sustitución en el viaje. Y menos en la Cuba central y oriental. Se jodió el invento.

Decido que la posibilidad de encontrar las gafas merece retrasar mi partida hacia Camagüey, así que me desplazo a la terminal de omnibus - central de autobuses - y cambio el billete sin problemas. A partir de ahí, proceso de búsqueda de las dichosas gafas por todos los establecimientos donde estuve la tarde de ayer - oficina de viajes, cremería, salón de internet... -, ofreciendo una recompensa de 30 CUC por su localización y explicando que son "de aumento" -graduadas- por lo que no sirven para otra persona. Nada. Tras un último e intensivo repaso a la casa y tras insertar un anuncio en Radio Trinidad - la cabra tira al monte -, no hay más que hacer. Decido retomar hoy las actividades que ayer no pude realizar: Buceo y curso de percusión.

Hoy la suerte está de mi parte. A través de la casa de Araceli, consigo contactar con Pedro, uno de los buzos particulares que llevan a turistas a realizar inmersiones en la zona comprendida entre La Boca y Punta María Aguilar. Es otra manera de bucear. Al cabo de una hora - 12 mediodía - me recoge en la casa un viejo Chevrolet con su chofer. Por 2 CUP por trayecto, me trae y me lleva al punto donde el buzo está ya trabajando con otros turistas. Un punto de la costa más allá de La Boca.

El buceo resulta ser una experiencia excepcional. Pedro es un profesional del buceo, serio y consecuente. Cuando le muestro mi titulación de instructor de buceo, se muestra encantado y me pide permiso para aprovechar el buceo para pescar con fusil. En condiciones normales no lo permitiría, pero en Cuba, donde cada cual se busca las habichuelas como puede, esta es una práctica habitual.
La inmersión resulta espectacular. Tras nadar completamente equipados unos 300 metros desde la costa, llegamos al punto donde la plataforma costera desaparece, pasando de los 10 a los 80 o 100 metros de profundidad. El veril rocoso es un lugar excepcional donde el buceador tiene la sensación de volar sobre el abismo, rodeado de corales, grandes esponjas y nubes de vida marina. Pargos, rabirrubias, peces limón, peces loro, medusas y otros muchos habitantes del mar, se dejan ver ante nuestros ojos. Excepcional.
La pesca se saldó con la captura de un inmenso cangrejo, una rabirrubia y un túnido. Pedro me quiso regalar una de las piezas de pescado. Por supuesto no acepté. Seguro que él sabrá como rentabilizarla.

Por la tarde, las cosas siguieron saliendo bien. Por fin pude concertar una clase de tumbadoras - o congas - con David López, maestro de percusión. A primera hora le dejé un recado en las ruinas del Teatro Brunei, donde suele dar sus clases, y me dejó un recado en la casa. Me esperaba a las 18 horas. La clase fue realmente intensa. En hora y media escasa, David fue capaz de hacer que aprendiera e interpretara con cierta soltura los movimientos y técnicas básicas de las tumbadoras. Una auténtica lástima no poder tomar más lecciones con él. Realmente es un exclelente maestro.

Un buen día el de hoy, sin duda. Aunque sigo deseando abandonar Trinidad rumbo al este. Aunque sea sin mis gafas de sol.

03 agosto 2005

La Boca, Punta Maria Aguilar y Playa Ancon.

Hacer planes en Cuba mas allá del momento presente o del instante inmediatamente siguiente, no es recomendable. No podemos tratar de aplicar una agenda o una planificación de varios días en un país como este, sin caer en la desesperación. Los cubanos no saben de puntualidad, ni de prisas, ni de desesperos, ni de estrés. Por ello conviene adaptarse a su ritmo, si no queremos que nuestras vacaciones se conviertan en una batalla constante.

Así que hay que adaptarse y vivir el momento. Hoy intenté planificar el día y como no podía ser de otro modo, todo falló. Traté a primera hora de contratar una salida de buceo con el centro de la cercana Playa Ancón, a 19 kilómetros de la ciudad. Está suspendido el servicio por el huracán. Me enteré de que hay dos buzos particulares que de manera más o menos legal, organizan salidas para los turistas en la cercana playa de La Boca. Demasiado tarde, salieron ya con un grupo de turistas. Decepción.

Al final alquilé un cocotaxi - una especie de ciclomotor de tres ruedas y una carcasa ovoide - y le pedí que me llevara por la costa desde La Boca a ver si por casualidad encontraba a los buzos trabajando. Hay que tener en cuenta que con excepción de la misma playa de La Boca, donde llega un autobús de Trinidad y donde se concentra la población local que va a la playa, el resto de los aproximadamente 10 kilometros de costa estan prácticamente desiertos hasta los hoteles de Ancón, que todavía permanecen cerrados por los efectos devastadores del último ciclón.

No hubo suerte. Tras realizar el recorrido completo hasta el punto máximo donde se permite pasar tras los daños de Dennis, me quedo en una excepcional playa, la de Punta María Aguilar. Apenas una docena de personas ocupan la larga extensión de arena de aguas cristalinas y arrecifes de coral a tan sólo un metro de profundidad. Hay un grupo de pescadores submarinos cubanos. Me quedo alli con la esperanza de poder alquilarles sus equipos para poder practicar la pesca submarina.
Esta vez sí tuve suerte. Por el modico precio de 4 CUC - menos de 4 euros -, me alquilaron aletas, tubo, lastre, cuchillo y un mastodóntico fusil de pesca de aire comprimido fabricado artesanalmente, además de ofrecerme una interesante charla sobre técnicas de pesca y especies apreciadas.

Al final fueron dos largas horas sumergido en un arrecife de coral rebosante de vida. Una gozada. No llegué a disparar el fusil ni una sola vez, aunque vi algun gran pargo, una aguja, multitud de peces loro e incluso algunas langostas. Sabía perfectamente que difícil para mí alcanzar una pieza con semejante armamento - nada que ver con mis ligeros y eficaces fusiles spetton o excalibur - y además, no quise arriesgarme a romper la varilla del fusil por un mal disparo, lo que hubiese generado un problema a mis socios mas allá del tema monetario. El material de buceo es caro y escaso en Cuba. Eso sí, valió la pena. Fue el mejor momento que pase en Trinidad, sin duda.

Por la tarde, ya en la ciudad de Trinidad, las cosas volvieron a su cauce, y la sucesión de decepciones continuó. A las cinco de la tarde, llegue hasta las ruinas del Teatro Brunet en la calle Maceo - hoy un lugar turístico - , con una botella de la noche anterior en la Casa de la Musica y con el que pacté unas clases particulares de percusión. David no estaba. Se fue, no iba a volver y nadie tenía su teléfono ni su dirección. Tendré que negociar mis clases de percusión en otra ciudad.

Tras la decepción del percusionista, decidí gestionar mi siguiente etapa de viaje. Mañana con el alba parto en autobús hacia Camaguey - a unos 350 kilometros hacia el este-. Traté de gestionar en la agencia de viajes estatal Cubatur la posibilidad de ir desde Camaguey a Playa Santa Lucía. Se trata de un enclave turistico que para mí tiene un solo interés, el shark feeding. Se trata de sumergirte con equipo autónomo en aguas libres del Atlántico - costa norte cubana - y dar de comer a tiburones de 2-3 metros. Pura adrenalina.
Viajar hasta alli tiene cierta complicación ya que es un enclave cien por cien turístico y hay que hacerlo de forma oficial. Autobús turístico, alojamiento en hotel y contratación oficial del buceo con el estado. Por eso no tengo más remedio que tratar con las agencias de viajes estatales como Cubatur. Ante mi sorpresa, el tipo de la oficina de Cubatur de Trinidad, me cuenta que estan en temporada baja - ¡en agosto! - , que toda Santa Lucía cerró por reformas - ¿todos los hoteles? ¡si hay cinco! - y que mejor no vaya. Fin de la charla.
Mañana trataré de encontrar en Camaguey a otro empleado de Cubatur más servicial. El buceo con tiburones, único en Cuba, es una experiencia que bien merece por una vez me salte mi norma de ir donde el destino me lleve.

02 agosto 2005

La impersonal noche de Trinidad.

La noche de Trinidad me decepcionó profundamente. Tras recorrer desde la puesta de sol y hasta la madrugada distintos locales, cafeterías y zonas céntricas, descubrí que la noche de Trinidad esta diseñada a medida de los turistas.

Un buen ejemplo es la Casa de la Música. En las impresionantes escaleras junto a la Iglesia, en la Plaza Mayor, se sitúa este "local" que consta de un restaurante, dos terrazas con mesas, un escenario para conciertos con los mismos escalones como asientos, y una discoteca que abre en la medianoche. Todo con camareros uniformados y servicio en divisa.

Cuando llegué al lugar, me quedé muy sorprendido. Normalmente las casas de la música que existen en las capitales cubanas, son locales sencillos donde los cubanos acuden a ver actuaciones musicales. En Trinidad no. La gran mayoría del público eran turistas de todas nacionalidades. Y el pequeño porcentaje de cubanos/as eran acompañantes de extranjeros/as. Especialmente abundante era el tipo de pareja formada por mujer de treinta y muchos o más, de origen europeo, y de cubano negro como el tizón y de cuerpo atlético.

¿Por qué no hay cubanos en la Casa de la Música de Trinidad? 1. Porque los precios son prohibitivos y 2. Porque una barrera de policias les impide el acceso. Hay que aclarar que las leyes cubanas creadas presuntamente para acabar con la prostitución, son absolutamente estúpidas y hacen posible que si uno camina con un cubano por una ciudad turística como es Trinidad - aunque sea amigo de uno desde hace años y de honradez demostrada -, lo mas probable es que el cubano acabe detenido por la policía acusado de jineterismo. A ver que cubano se acerca por la Casa de la Música arriesgándose a tener un serio problema con la ley.

Para acabar de decepcionar, las actuaciones de la Casa de la Música eran puro show para turistas. Una mediocre orquesta cantaba letras tan surrealistas como "me gusta el vino bianco frizzante", mientras la numerosa colonia italiana daba palmas extasiada. Deprimente.

De los varios locales que visite anoche, la mayoria casi vacíos, solo se salvó de la quema el Palenque de los Congos Reales, muy próximo a la Casa de la Música, donde en un acogedor patio se puede disfrutar sentado y previo pago de 1 CUC en la puerta, de actuaciones musicales de todo tipo. Público exclusivamente extranjero, como no. De las cuatro actuaciones que ví - duran una media hora cada una -, me sorprendió gratamente la de un grupo de son de Trinidad, llamados ACHE SON. Desgraciadamente no pude comprar uno de los CDs que vendían ya que un español bastante estúpido, sacó un grueso fajo de billetes y dijo que los compraba todos. Los cd eran copias caseras, por lo que no tenia demasiado sentido la ostentación. Mejor quedarse con un par de cds y regalarles el resto del dinero. Estúpidos hay en todas partes.

Tras varias horas en el centro histórico y encontrandome siempre la misma escena - extranjeros en los locales y algun cubano mendigando una moneda en los alrededores - decidí salir de la zona, para no volver nunca. Estuve un buen rato callejeando por las principales plazas y calles de la ciudad - fuera del centro histórico - esperando encontrar en algun lugar el equivalente al Malecón de Cienfuegos, un lugar donde un grupo de cubanos se reuniera para tomar unos tragos. Nada.

Sin duda el hecho de que anoche fuera lunes, contribuyó en buena manera a alimentar mi percepción de falta de personalidad esta, ya que muchos cubanos, pese a estar en periodo de vacaciones también en Cuba, no salen a la calle durante la semana. Pero aun así, dudo que encuentre una noche tan impersonal en toda Cuba.

Mi último pensamiento antes de dormir en mi habitación de la casa de Miriam fue dejar Trinidad lo antes posible.

Trinidad. Ciudad patrimonio de la humanidad.

Trinidad y su casco histórico tienen desde luego un encanto especial. Esta ciudad es el equivalete caribeño a una ciudad medieval europea.

El centro del casco antiguo de Trinidad, es el lugar donde comenzar mi paseo en compañía de la cienfueguera Lucy y el parisino Henri. La antes ajardinada plaza - ahora arrasada por el ciclón - está presidida por la Iglesia Parroquial de la Santísima Trinidad, ahora en ruinas, excepto su fachada principal que se conserva. Junto a ella, el Museo Romántico merece una visita. Se trata de una mansión colonial construida entre los siglos XVIII y XIX, que perteneció al español Nicolás Brunet. Brunet dirigía en el XIX desde este palacio sus negocios azucareros explotados por esclavos. Hoy, la casa puede visitarse como museo y alberga una impresionante colección de objetos que recrean la vida en aquella época.

Tras la visita al museo, asciendo por la calle Bolivar hacia la parte más alta de Trinidad. En esta zona se ven algunas de las mejores casas coloniales de la ciudad. Muchas de ellas alquilan habitaciones a los turistas al precio de 15 a 25 CUP. La casa de Mariene Ruiz - calle Bolivar 515 -, que tuvo la amabilidad de enseñarme, es una de las más pintorescas de la zona.

Muy cerca de la Plaza Mayor, en la calle Martínez Villena, hay un lugar donde hacer un alto en el camino para combatir el intenso carlor. Se trata de La Canchánchara, un local que recibe su nombre de este cóctel compuesto por aguardiente, miel, limón y agua. Se recomienda precaución en su consumo. Testado en carnes propias. El local, además de la canchánchara, ofrece actuaciones de músicos cubanos ante el tropel de turistas que lo visitan.

En La Canchanchara, me despido de Lucy y Henri, que vuelven hacia Cienfuegos. Y me quedo en Trinidad, alojado en una casa cercana al Parque Céspedes, en la zona nueva de la ciudad. Es la casa de Miriam Ramos - calle Frank País 185 -. Es una casa que alquila una sencilla habitacion con aire acondicionado por 15/20 CUC -pesos convertibes que equivalen aproximadamente al euro - .

Decido aprovechar que me quedo solo, para dejar el centro histórico y hacer algo que tenía pendiente: cortarme el pelo. El calor es agobiante en esta época en Cuba, y cualquier medida para mitigarlo es importante. La opción mas lógica es acudir a uno de los siempre atestados centros de belleza gubernamentales. En estos establecimientos se realizan trabajos de peluquería, estética y otros, tanto a hombres como mujeres, y a precios muy cubanos. Un corte de pelo cuesta entre 2 y 5 CUP. - un euro son algo más de 25 CUP o pesos cubanos -.

Como el establecimiento del Parque Céspedes está atestado, desisto y sigo callejeando por la zona nueva de Trinidad. La casualidad hace que tropiece con la casa de Abel, muy cercana al Parque Cespedes. Este particular lleva un establecimiento en el que combina sus facetas de peluquero, pintor y escultor. Ademas, trabaja como vigilante nocturno en un centro de salud. Hay que ganarse la vida. En La Camargue el turista puede arreglar sus cabellos, afeitarse con masaje incluido y comprar una de las pinturas del propietario o de uno de sus socios. Por el "desorbitado" precio de 2 CUC, Abel me ofrece un esmerado rapado de cabello, un excelente café y una buena charla. Le prometo incluirle en este blog del que le hablo y así lo hago. Un trato es un trato, compañero.

01 agosto 2005

Camino a Trinidad.


Anoche decidí dejar ya Cienfuegos y partir hoy para un nuevo destino, la ciudad de Trinidad. Esta ciudad ubicada en la provincia de Sancti Spíritus es una de las más visitadas por los turistas.

Parto por la mañana en un Chevrolet del 52 alquilado por Henry, un francés de pocas palabras que ocupa la otra habitación en alquiler de la casa de Negrín y Lucy. Ha aceptado amablemente cederme un puesto en el vehículo que ha alquilado a un particular por 40 CUC a cambio de abonarle los 6 CUC que cuesta el mismo trayecto en un autobús de Viazul. Nos acompaña la dueña de la casa, Lucy que acompañará al francés en su excursión.

Aprovechamos el coche para hacer una parada en el Jardin Botánico de Cienfuegos, donde realizamos una rápida visita guiada para conocer algunas de las espectaculares plantas tropicales que en este recinto se cultivan desde 1901. El jardín, nos avisan en la taquilla, está muy deteriorado por el reciente paso del huracán Dennis. Pero aún con este inconveniente, la visita resulta agradable.

De ahí, el paseo en coche hasta Trinidad - rumbo Este- transcurre en un paisaje en el que a nuestra izquierda aparece la Sierra del Escambray y a nuestra derecha, el mar Caribe. Los efectos del ciclón Dennis son más visibles a medida que nos aproximamos a Trinidad. Esta región fue una de las más afectadas por el huracán. Trinidad estuvo quince días sin agua ni luz y afectó de manera importante a la vida de la población, que poco a poco, todavía recupera su ritmo normal.

Trinidad, es una ciudad pequeña. Su centro histórico, fundado por los conquistadores españoles en 1512, está actualmente declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sus palacios, iglesias, sus empedradas calles y sus característicos techos de teja, merecen sin duda un relajado paseo que realizo en compañía de Henry y de Lucy.

Continuará...

(El centro de internet del Parque Céspedes de Trinidad va a cerrar ya. Ahora mismo diluvia en la ciudad...)

31 julio 2005

Sobre cuanto tenemos que aprender los europeos de cubanos y latinoamericanos.


El sentido común ha recomendado bucear hoy. Anoche de nuevo me dejé seducir por el indudable encanto de la noche de Cienfuegos. Comencé la velada tras una excelente cena criolla en la casa de Negrín y Lucy, en la Casa de la Música. Este peculiar recinto, acoge conciertos y actuaciones de todo tipo. Está ubicado muy cerca de Punta Gorda, y tiene el encanto de que su escenario está rodeado por las aguas de la bahía. Anoche actuaron allí un grupo de famosos humoristas cubanos de televisión. Entre ellos el Cabo Pantera, del que había oido hablar mucho en mis viajes por la isla. Cuatro micrófonos con un pésimo sonido, seis humoristas en el escenario y tres o cuatrocientos cubanos alrededor.

De ahí de nuevo al Artex, donde estuve la noche anterior. Esta vez la actuación era de un trio musical poco interesante que interpretaba canciones románticas. Tomando una cerveza en la barra del hall de la terraza, apareció Lucía, una enfermera cordobesa recién llegada a Cienfuegos. Un comentario oportuno hizo que terminara incorporándome a su grupo formado fundamentalmente por enfermeros y enfermeras españoles que acababan de llegar a Cuba para realizar un curso de verano en la Facultad de Ciencias Médicas. La reunión fue poco interesante y la terminé abandonando al cabo de un rato, ya que aunque la cordobesa derrochaba simpatía, el resto de españoles recelaba del recién llegado - yo mismo -, formando un grupo hermético.

Tras un tiempo en el Artex, abandoné el local rumbo al Malecón. Allí de nuevo me encontré al guyano Dexter, uno de los estudiantes caribeños de la noche anterior junto a dos argentinas y una chilena que también conocí el viernes noche. Con ellos estuve hasta la madrugada, reflexionando entre copa y copa sobre la falta de apertura a los demás que tenemos los españoles. Y eso que teóricamente somos mucho más abiertos al trato humano que ingleses, alemanes o franceses.

Para acabar de confirmar mis pensamientos de la noche anterior, hoy tuve un día muy cubano. Hacia mediodía me dirigí a la parada de guaguas para la playa Rancho Luna. Las dos largas horas de espera sirvieron para que intimara con un grupo de cubanos que también se dirigían allá. Tres chicas y un chico, el marido de una de ellas. Al final terminé pasando con ellos una maravillosa jornada en la playa - gracias Omey -, bebiendo una tras otra varias botellas de ron dispensado, un ron a granel que los cubanos compran en moneda nacional, mientras nos bañábamos y conversábamos en las aguas de Rancho Luna bajo la intensa lluvia. Pese a ser gente evidentemente muy humilde, no consintieron que pagara ni una sola de las cuatro botellas de ron que compraron. Por la noche los invité a cenar una pizza en una cafeteria y a compartir una botella de Havana Club, era lo mínimo que podía y quería hacer.